
El libro y su hora
Daniel es bilingüe por decisión: 2,4b-7,28 en arameo (la lengua franca del imperio persa), el resto en hebreo, con a\u00f1adidos griegos que delatan su \u00e9poca. La fecha de composición se lee casi en el propio texto: las «cuatro bestias» del cap. 7 y la sucesión de reyes del cap. 11 recorren Babilonia-Media-Persia-Grecia con un detalle que se detiene exactamente en Antíoco IV Epífanes (175-164 a. C.): el rey que prohibió la circuncisión, los libros sagrados y los tiempos se\u00f1alados, plantó la «abominación desoladora» sobre el altar (11,31; 12,11) y profanó el Templo el 15 de Kislev de 167. El libro se compuso como resistencia literaria de la generación de los Macabeos: la victoria se anuncia «sin mano» (8,25; 11,45) — Dios tira la estatua del poder. La firma «Daniel» (un sabio legendario de la corte, Ez 14,14 lo cita junto a Noé y Job) pone el testimonio al inicio del exilio, seis siglos antes, como es costumbre del género: el vidente antiguo «escribe» hacia adelante.
La «profecía» de Daniel 11 sobre Antíoco IV es, para el consenso académico…
La maquinaria del género
Daniel fija la gramática del apocalipticismo: (1) una visión simbólica (animales compuestos, mares revueltos, un «como un hijo de hombre» sobre nubes, 7,13); (2) un ángel intérprete que explica — el primer «ángel exégeta» de la Biblia (Gabriel en 8,16; 9,21); (3) un período numerado (las «setenta semanas» de 9,24-27: 490 años «hasta la transgresión final») y sobre todo «un tiempo, tiempos y medio tiempo» (7,25; 12,7); (4) un libro sellado («tú cierra la visión», 12,4, con el «dicho» del final: el tiempo estará «casi cumplido»); (5) el tribunal que juzga y entrega el reino a los santos del Altísimo. De aquí saldrán Henoc, 4 Esdras, 2 Baruc y el Apocalipsis de Juan. El Hijo de Hombre de 7,13 —colectivo en Daniel («los santos del Altísimo recibirán el reino», 7,18,27)— se vuelve figura individual en las «Parábolas de Henoc» y en la boca de Jesús.
Ordena las cuatro bestias de Daniel 7 según el imperio que el libro codifica.
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La llave que usa el Nuevo Testamento
Daniel es el libro del AT más citado en el NT, casi siempre sin nombrarlo. La fórmula favorita de Jesús («el Hijo del Hombre que viene sobre las nubes», Mc 13,26 citando a Dn 7,13), la «abominación desoladora puesta donde no debe» (Mc 13,14 = Dn 11,31/12,11), los «ángeles que reúnen a los elegidos» y el «tiempo, tiempos y medio tiempo» se cosen sobre la pasión y la parusía. Apocalipsis toma prestada casi la maquinaria entera: bestias del mar, el tribunal de los vivientes, el libro sellado, el tiempo numerado, el «antiguo de días» transfigurado en el entronizado. Y los evangelios de la pasión tienen una escena de Daniel en su guion: el Sanedrín «que juzga» y el Hijo del Hombre «que viene» (Mc 14,62: la cita de Dn 7,13 con Sal 110,1 como un mismo versículo). Leer Daniel en su hora (167) y leerlo usado en la hora de Jesús (30) y en la de Domiciano (90) es el ejercicio de intertextualidad más formativo de la tela.
El «Hijo de Hombre» de Daniel 7,13 es, en el propio libro, una figura individual y celeste distinta del pueblo.
Dos poderes, dos «abominaciones»
¿Qué hace de una «abominación» una categoría teológica portátil?
Daniel lee la historia como un relevo de bestias donde el reino final es de «los santos». ¿Qué ventaja espiritual —y qué peligro— tiene pensar la política mundial como un teatro de imperios-bestias numerados?
La tentación es el calendario; la ganancia es la desobediencia: ninguno de los imperios es el último.
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