
Un libro con costuras visibles
Isaías 1-39 huele a Jerusalén siglo VIII-VII: templos, asirios, un «resto» y el anuncio —en boca del profeta histórico— de que Babilonia se llevará lo que Salomón construyó (39,1-7, escena que enmarca el exilio antes de llegar). A partir del capítulo 40 el escenario cambia sin aviso: el exilio está a la puerta, Ciro ya es realidad («el que dice de Ciro: es mi pastor», 44,28) y Jerusalén se destruye en pasado. Desde el s. XIX (Döderlein 1789, Cheyne, luego las síntesis) la crítica mayoritaria ve en 40-55 a un poeta anónimo del final del exilio (ca. 550-540), y en 56-66 a discípulos de una generación posterior (Trito-Isaías). La tradición no vio herejía en la profecía futura, pero el propio libro ofrece una firma teológica nueva: aquí la profecía no predice, interpreta lo que ya está pasando y anuncia lo que Ciro hará, como pruebas del único Creador.
El «monoteísmo radical» del Deutero-Isaías (44,6: «yo soy el primero y el último, fuera de mí no hay Dios») se formula sobre todo como…
Los cuatro cantos del Siervo
Cuatro pasajes (42,1-9; 49,1-13; 50,4-11; 52,13-53,13) presentan a un «siervo» de YHWH elegido desde el vientre, que lleva la causa del derecho «a las naciones», es herido «por nuestras transgresiones» y, sin embargo, verá descendencia y prolongará días. Su identidad es el gran enigma abierto: en el propio libro el siervo es Israel (49,3 «mi siervo eres, Israel en quien me gloriaré», tensionado por 49,5-6, donde ser su siervo «es demasiado poco»), después un profeta individual, un resto, el Mesías, el profeta sufriente… El cristianismo primitivo lo leyó entero como retrato de Jesús (Hch 8,32-35: el etíope que lee Isaías 53 sin saber de quién habla; 1 P 2,22-25 lo cose al «cordero»). El judaísmo lo leyó como Israel en el cautiverio o como el profeta. El texto funciona abierto: sus cuatro canciones no dan nombre.
Isaías 49,3 nombra al siervo «, en quien me gloriaré»; en Isaías 45,1, en cambio, el «ungido» de YHWH resulta ser el rey persa .
El nuevo éxodo como gramática
La consolación de 40-55 tiene un motor retórico: reescribir la salida de Egipto para el regreso de Babilonia. «Mirad que hago cosa nueva — sale camino en el desierto y ríos en la soledad» (43,19); ya no los caballos del Faraón hundidos en el mar (51,9-10): el redentor es «el Santo de Israel, tu Goel», que «te da como rescate a Egipto». El éxodo se vuelve metáfora de todo retorno posible: el salmo 107 y el mismo NT (Ap 18, la caída de Babilonia; Lc 1,68-75, el «cántico» de Zacarías que espera la «redención de Jerusalén») lo reescriben. Judíos y cristianos bebieron de la misma fuente de Isaías para imaginar que Dios abre caminos donde había imperios.
El Ciro que Isaías 45,1 llama «su ungido» (masiah) es presentado por el libro como rey mesiánico de Israel.
Dos siglos de Isaías frente al poder
¿Qué le hace al mismo libro leer la derrota primero y el imperio extraño después como instrumento de Dios?
El siervo «no clamó ni se escuchó su voz en las plazas» y «no quebrará la caña cascada». ¿Qué formas de poder —político, religioso, mediático— operan hoy clamando en las plazas, y qué hace posible (o imposible) la contra-política del siervo?
Isaías 42,1-4 se recitó en las dos guerras mundiales; la pregunta sigue abierta: ¿sirve el siervo si pierde?
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Chequeo de Isaías II
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