
La edad de la tierra: un cálculo, no un dogma
En 1650 el arzobispo Ussher fechó la creación en la noche del 22 de octubre del año 4004 a. C., con una metodología impecable para su propósito: sumó las edades de los genealogías, las alineó con los reinados de Israel y Judá y las ancló a fechas asirias y babilónicas conocidas. Es ciencia de su tiempo, y por eso mismo fue refutable: otras sumas daban 3761 (el calendario judío), y las ediciones alternativas de las listas de edades —los cien años largos de la Septuaginta frente a los masoréticos— daban casi dos milenios más. Lo que nadie discutía era el presupuesto: que Génesis 1-11 pretendía dar fechas. Cuando la geología empezó a necesitar tiempos profundos —Hutton en 1785, Lyell en 1830, y antes Buffon estimando 75.000 años para la tierra—, el conflicto no fue «la Biblia contra la ciencia»: fue entre una manera de leer la Biblia y una manera de leer las rocas, ambas dentro de la cristiandad.
¿Qué hizo el geólogo William Buckland (1786-1856) que define mejor el destino de la «geología del diluvio»?
El diluvio, que pasó de refutación a contexto
En 1872 George Smith leyó ante la Society of Biblical Archaeology una tabla del poema de Gilgamesh en acadio donde Utnapishtim contaba el diluvio: arcas, palomas y cuervos, ofrendas al salir. Fue el momento en que el Génesis dejó de ser un caso único en la historia de las religiones y pasó a ser una versión dentro de una literatura: existían ya el Atrahasis y el Eridu Genesis, más antiguos. La lectura pública fue simétrica: unos gritaron «la Biblia es un plagio», otros «Moisés copió la verdad deformada». Y la arqueología del valle del Tigris-Eúfrates aportó otra cosa: inundaciones catastróficas locales sí hubo —Shuruppak, entre 3500-3000, tiene una capa de aluvión que rompió la secuencia de ocupación y dejó un silencio de siglos, y las listas reales sumerias anotan «después del diluvio la realeza descendió de nuevo»—, suficiente para fundar una memoria de agua terrible sin exigir un océano global. Un diluvio universal exige una hidrología imposible: no hay dónde poner el agua de 8.800 metros, y la biogeografía no lo admite.
¿Adónde apunta Génesis 1 cuando dice «firmamento»
¿Se puede sostener ambas a la vez: que el texto describe su mundo real y que no pretende explicar el nuestro?
Galileo: el dedo que no toca
En 1615, antes de su proceso, Galileo escribió a la gran duquesa Cristina una carta de exégesis: hay pasajes donde la Escritura «se adapta al lenguaje y a las capacidades de quien escucha», habla de forma que contradice su propia intención, y miente deliberadamente sobre materias naturales para enseñar sobre salvación; y recuerda que «el espíritu de Dios no quiere enseñarnos cómo va el cielo, sino cómo se va al cielo» —la frase, atribuida a Baronio por el cardenal Bellarmino, quedó como lema. En 1632 el Diálogo le costó la condena; en 1822 la Iglesia autorizó de nuevo imprimir sobre la movilidad terrestre; en 1893 León XIII (Providentissimus Deus) fijó que «no hay verdadera discrepancia si se distingue el sentido», y en 1948 la Comisión Bíblica aclaró que la «imagen de Dios» no es cuestión del cuerpo. Nada de esto es una rendición: es una regla de lectura, y la inventaron los católicos con tanto o más detalle que los protestantes.
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El hombre, que es la pregunta viva
Con Darwin el problema dejó de ser geológico y se volvió teológico: si los cuerpos vienen por selección, ¿de dónde viene el alma, y qué queda del «hagamos a su imagen» de Génesis 1,26. Las posiciones reales hoy son tres, y todas pobladas de creyentes: el creacionismo de tierra joven —la Biblia como libro de texto científico, 6.000 años, negación de la evolución en geología y biología, institucionalizado en 1961 con el «Genesis Flood» de Whitcomb y Morris y con el Institute for Creation Research—, la evolución teísta —Dios como causa de un proceso real, con Francis Collins y BioLogos, y un catolicismo que desde «Humani generis» (1950) admitió la investigación y desde 1996 (Juan Pablo II) habló de «más que una hipótesis»—, y la lectura de Génesis como teología del origen humano sin cronología. Y hay un dato que decide el terreno de la discusión, no su teología: el genoma humano no permite un cuello de botella de dos personas recientes —las estimaciones de diversidad sitúan el origen poblacional en miles de individuos—, y los neandertales se cruzaron con Homo sapiens hace unos 50.000 años, de modo que el ADN de cualquier africano o europeo contiene neandertal. Quien lea Génesis 2 como reportaje tendrá que explicar esto; quien lo lea como arquetipo, no.
El conflicto entre la Biblia y la ciencia es una discusión entre ateos y creyentes.
El astrónomo que en 1615 defendió leer la Escritura según su intención «de salvar almas» fue ; la tabla acadio-babilónica que puso el diluvio de Génesis en su contexto la leyó en 1872 ; y la encíclica de 1950 que admitió la investigación sobre la evolución se titula .
«Imagen de Dios» puede leerse como una función —representar a Dios en el mundo como una estatua representa al rey en su templo— o como una sustancia del alma. ¿Cuál de las dos convierte menos a la ciencia en enemiga, y por qué casi nadie discute esta opción en público?
Walton y Wright han hecho de la lectura funcional un programa; la respuesta creyente más antigua ya estaba en Orígenes, que leía Génesis «como alegoría» incluso para el día primero.
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Chequeo de Biblia y ciencia
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